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Un Cajón de Bolear

Cuando era niño, hubo un tiempo durante el cual, como actividad extra por las tardes y en vacaciones me "dedicaba" a bolear zapatos en la modalidad ambulante. Me sentía sumamente orgulloso de llegar a mi casa y poder contribuir con un litro de leche, o un kilo de tortillas o de huevo.

Tenía mi propio cajón de bolear. ¡yo mismo lo fabriqué! Hice lo que se podía hacer con una piedra que hacía la función de martillo, un mini serrucho (que al parecer, alguna vez alguien quiso cortar algún tubo o tal vez PTR con él), unas tablas muuuy viejas que con mucha dificultad logré que mi abuela María me donara (que porque las estaba guardando para su gallinero... pero ahora que lo pienso creo que tal vez sí les estaba haciendo algún tipo de prueba científica para comprobar la resistencia de esas tablas al tiempo y a la intemperie... claro, ¡sin ningún tipo de acabado o recubrimiento!), y unos cuantos clavos oxidados que tuve que sacar de otras tablas, para luego enderezarlos hasta donde me fuera posible con esa piedra que hacía de martillo y el firme de concreto de la banqueta con sus respectivas "protuberancias" (mi abuela me hubiera quebrado el palo de la escoba en la espalda si me hubiese sorprendido golpeando con mi poderoso martillo cualquiera de los mosaicos amarillos del piso, que eran las únicas superficies planas disponibles en su casa), y poder entonces reutilizar esos clavos. Y bueno, con esa calidad de herramienta y material, ¡ya se imaginan como quedó mi cajón! Era una verdadera obra maestra. De hecho, ahora que estoy recordando, estoy casi seguro de que alguna vez me topé con Frank O. Gery quien andaba turisteando por el pueblo y de alguna manera, mi cajón de bolear inspiró el "Guggenheim Museum Bilbao".


En ese oficio se hace muy habitual ir por el mundo escaneando los zapatos de cuanto individuo encuentra uno por la calle. En una ocasión, recuerdo iba por la calle con mis dos primos: Marco y Fily, y vimos a un señor que calzaba unos zapatos que lloraban por una boleada. El señor estaba sentado en la "terminal del autobuses" (que no era otra cosa que el espacio destinado para subir y bajar a los pasajeros de los autobuses locales en una de las calles principales del pueblo, para los cuales el recorrido no era mayor a 120 Km) y de inmediato, como era la costumbre me dirigí a él:

- ¿Una boleada, amigo?
- No, gracias - me responde.
- Ándele... ¡se los dejo relucientes!
- No, otro día.

Luego, mi primo Fily me toca el hombro y me dice a media voz y entre dientes:

- Hey... ¡vámonos!
- No, espérate - le dije. - Ahorita lo voy a bolear, ya verás.

Me dirigí nuevamente al sujeto de los zapatos off-road para insistirle:

- ¿Entonces? Anímese, se la dejo en $400.
- Que no, gracias - me dice el sujeto.
- ¡Vámonos! - me dice mi primo nuevamente esta vez un poco más fuerte.
- Es más, se la dejo en $300 para que se anime ¿se hace? - le insistí nuevamente al sujeto.

El tipo ya ni siquiera me respondió, solamente se limitó a negar con la cabeza. Miré a mi primo y le hice una señal de "ahorita se hace", y en eso mi primo, pelando los ojos se acerca a mí y me dice al oído y nuevamente entre dientes:

- ¡Vámonos wey! ¡No traes cajooooón!
- ¡Ah cabrón! ¿Y mi cajón? - Dije mientras me lo buscaba en ambos lados del cuerpo con los ojos y las manos.
- Venimos a dar la vuelta, no a bolear... ¿se te olvidó? (ellos también eran boleros)

Y ya todo apenado con el sujeto, le dije:

-  Bueno, entonces será para la próxima. Gracias.

Y que bueno que sucedió así, pues creo que hubiese sido mucho más penoso, que después de tanto insistir, el tipo hubiese dicho que sí, y le hubiera quedado mal debido a que no traía mi herramienta de trabajo.

P.D. Te mando un beso y un abrazo abuela, donde quiera que estés. Fue muy grato recordarte mientras escribí esto.


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