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Mi primera envidia

Hoy fue un día terrible. Emocionalmente devastador. Uno de esos días en los que quisieras solamente caminar hasta el fin del mundo. Al oscurecer, me dormí en dos ocasiones deseando que el día terminara de una buena vez y en ambas ocasiones fuí despertado momentos después de haber conciliado difícilmente el sueño.
En este momento, nuevamente no puedo dormir. Y, apretando fuertemente mi almohada sobre mi cabeza, llegó una imagen de una vieja foto que probablemente murió chamuscada junto a todas las otras fotos de mi infancia cuando se incendió la casa de mi madre. En esa foto se veían tres parejas de niños: la reina de la primaria al centro quien se llama Lizbeth y estaba en segundo al igual que su estúpido y aburrido acompañante; a su izquierda (a la derecha de la foto) otra pareja de niños de segundo año, quienes fueran una "princesa" y su acompañante; y a la derecha de Lizbeth (a la izquierda de la foto), una aburrida y mega enojona niña quien fuera la otra "princesa" y su acompañante: yo.
El evento capturado en esa foto fue hace tantos años que realmente no recuerdo mucho al respecto (que aunque fuera reciente, tampoco podría recordar mucho al respecto. Quienes me conocen pueden aseverar que esta peculiaridad tan mía, es una cualidad característica en mi persona). Vagamente puedo recordar que el recorrido consistía en dar dos vueltas al patio de honores tomado de la mano de quien fuimos acompañantes (siendo acompañantes tres niños de tres niñas como está arriba descrito) para después ir al lugar destinado, adornado y preparado para que reina, princesas y acompañantes disfrutáramos del evento sentados.
No recuerdo el nombre de la princesa de quien fui acompañante. A mi, quien me gustaba era la reina. Ella era una niña encantadora cuya sonrisa opacaba plenamente al mismo sol y cuya tierna mirada era capaz de convertir en sonrisa al ceño más fruncido. Lizbeth fue mi compañera de grupo un par de meses, pero por alguna estúpida razón la cambiaron al otro segundo. Entonces, cuando fue reina de la primaria, el acompañante fue un niño de su grupo y no yo.
El día del citado evento, recibí mi primera lección de lo doloroso que resulta quedarse callado. Ese mismo día, si mis recuerdos no me engañan experimenté por primera vez la envidia. Siendo yo un niño de seis-siete años, me sentí invadido por un casi incontrolable deseo de caminar unos cuantos pasos, tomar de los cabellos a quien estaba en el lugar que a mí me correspondía, jalarlo hacia abajo y darle en su estúpida sonrisa el rodillazo más fuerte que mi pequeño cuerpo hubiese podido dar y después aventarlo hacia abajo de la plataforma sobre la cual estábamos, para después, sentarme yo tranquilamente en su lugar y tomar la mano de mi amada durante el resto del evento. Pero no... no puede hacerlo. Sentía que no tenía derecho, y por lo tanto esperé pacientemente una mínima excusa, que pudo haber sido un mal gesto, una seña indebida o el tan anhelado: "¿qué?" en tono agresivo o cualquier otra palabra que me pareciera que tuviera el mínimo tono de provocación por parte del acompañante de Lizbeth... pero nunca llegó ni una cosa ni la otra. Por más que yo lo miraba fijamente cargado de odio, cuando nuestros ojos coincidían él solo tenía para mí su sonrisita de pendejo... solamente se me quitaban los "ojos de pistola" los momentos en los que Lizbeth me sonreía al mirarme.

¿Y qué pasó después con Lizbeth? Que bueno, me armé de valor para buscarla durante los espacios de "recreo" y sí, conviví con ella, e incluso le confesé lo mucho que me gustaba una de las dos veces que la acompañé caminando a su casa (sí, en 1984 eran "otros tiempos" y los niños habitualmente íbamos y regresábamos caminando a la escuela y además... mi madre llegaba a casa hasta las tres de la tarde, así que me sentía con plena libertad de acompañarla y quedarme a disfrutar unos minutos.

Meses después me mudé y como era de esperarse, nunca más volví a saber nada de ella...


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